viernes, 29 de enero de 2021

 (72)  Una lágrima antigua.

 

 

 

 

   Inés miró a través de los cristales. Era un día invernal con luz de plata vieja, lluvioso aunque no frío. Su mirada perennemente acuosa desde cuando la guerra, se unió a las largas lágrimas que bajaban por el vidrio como niños traviesos que se resbalaran por un tobogán. El viento rompía sobre él con desigual pero obstinado afán, mitad lucha fingida, mitad juego violento. Se estaba bien allí frente a la ventana, sentada junto al radiador con la manta de punto sobre las rodillas. Sensación de abrigo y seguridad ante la  terca intemperie.

Hasta allí la aproximaba en su silla de ruedas la auxiliar que cada día venía a levantarla, asearla, ponerle su colonia de Álvarez Gómez y servirle el desayuno. Era una chica muy joven. Seguro que era alguien a quien querían en su casa. Siempre traía buen humor y siempre le decía algún piropo, que ella no se creía, pero que la reconfortaba y la hacía recordar  pasadas lozanías.

La habían llevado a la Residencia cuando ya vio su hijo que no se manejaba para vivir sola. A Inés el pueblo le gustaba mucho, pero… Al Jenaro lo habían dado tierra, iba ya para seis años. Y, tras eso, a ella ya no le quedaba faena alguna que hacer. “Ya ve usted, total, para una sola y las pitas…” La vida era así, te iba quitando todo poco a poco: fuerzas, vista, familia, memoria, ilusiones y hasta a las gallinas. Y, así, te iba arrinconando, hasta que un día te dejaba sin oficio y sin sueños. Entonces solo te restaban los recuerdos que se iban difuminando como humo de niebla…

Cuando la llevaron, su nuera, que era muy cariñosa, le trajo un geranio de un rojo como de brasa encendida. Así es que vinieron, ella, la maleta y el geranio.

En el buen tiempo pedía que se lo sacaran al alféizar. Pero un día avanzado el otoño, se le olvidó meterlo, vino el relente y se lo amustió. Inés le habló para animarlo, lo regó un poquito, trató de convencerlo de que resucitara, pero no hubo manera. Vamos, que se le fue con dios como el pobre Jenaro. Así es que ahora estaba sola. Únicamente tenía lo que el día quisiera acarrearle: sol, nublado, lluvia, viento, silencio o sereno aburrimiento. Es decir; lo que al día se le antojara administrarle. Por eso, sin que la vieran, desmigajaba una galleta de las del desayuno, y cuando podía la echaba al alféizar por ver de llamar el hambre de algún animalito. En este mundo siempre había algún necesitado; bien lo sabía ella.

Y así fue. Era un pajaruco feúcho, más bien chiquito, tal vez sin nido ni acomodo, pero muy vivaracho. Cuando lo vio por primera vez se le escapó un hilo de esperanza, una sonrisa tenue e insegura.  Pero, cuando volvió puntual al día siguiente le dio un pellizco el corazón, casi como, cuando de joven, veía en el baile a un mozo frondoso y bien plantado que la hiciera tilín; qué cosas… Y, tras esto, ya supo que tenía un…, bueno, un lo que fuera. Y dio en pensar dónde viviría el animalito, si tendría familia; vamos: pareja, hermanos, padres, abuelos, compañeros, y la entró la congoja. Esa angustia que viene siempre fuertemente amarrada al cariño. Desde entonces se convirtió en su cuidado y su preocupación, pero también en su alegría y su razón de vivir, por exagerado que esto pudiera parecer. “Uno vive a veces por cosas tan insignificantes" -pensó-, y se miró a las manos vacias y arrugadas.

No dijo nada a nadie, ni siquiera a Rosana que era la chica que la atendía. Decidió que aquel sería su secreto, vamos: como su amor prohibido y misterioso. Menuda ocurrencia. Entonces se dio cuenta de lo importante que era tener “un secreto”. Nadie debería dejar de tener los suyos. Tener secretos era ser propietario. Pero si se contaban, uno se queda sin nada y además se convertía en rehén de otros.

Las gentes en sus vidas siempre tienen secretos, son su patrimonio, su intimidad inviolable. Pero cuando uno envejece y se hace dependiente, lo peor de todo -pensó- es que uno se queda sin intimidad; sin secretos. A ella le costó mucho que comenzaran a ducharla. No es que no agradeciera los cuidados ni que ella fuera sucia o mojigata, pero eso de que la tuvieran que ver desnuda; eso la rompía cada día el alma. “Y mire usted qué memez, si bien sé yo que todos tenemos los mismos colgajos y fofas entretelas. Pero cuando a una se lo tienen que ver todo los de fuera, pues qué quiere que le diga, que una pierde lo que es suyo y se queda desvalijada y como a la intemperie para siempre”.

Todo iba muy bien. Nicolasín venía a diario aunque lloviera, saltaba vivaracho, picoteaba las migas satisfecho, daba algunos respingos, algún vuelo corto juguetón, y luego se marchaba y, si te he visto, no me acuerdo. Y hasta el día siguiente. Pero a ella con eso le bastaba. A Inés le gustaba perfumarse y acicalarse, aunque él no pudiera percibir su olor a flores frescas.

Así discurría su vida hasta que un día, la bajaron a la sesión de fisioterapia, y Maruja, aprovechó  para hacer una limpieza más general del cuarto.

-Inés. Te he dejado la habitación como los chorros del oro. Hasta te he  echado zotal y lejía en la repisa exterior de la ventana, que nos la tenían perdida de cagadas los condenados pájaros. Esos ya no vuelven a ensuciarnos; que se vayan al diablo.

Inés abrió los ojos con una hila de espanto que aún le restaba rezagada de cuando la guerra. Luego, casi inaudible, dio las gracias por el servicio. Y cuando se cerró la puerta y se quedó sola, una lágrima gruesa le resbaló por la cara y le bajó hasta hundírsele en el calor de su cuello. Entonces un traqueteo seco le retumbó en las sienes y recordó los fogonazos de los fusilamientos. Y en un lugar remoto de sus ojos apareció el sucio y desconchado paredón de las ejecuciones a las afueras de su querido pueblo. Ese tapión que ella luego nunca pudo volver a mirar, y ante el que, al pasar, siempre había bajado la mirada. Matar era matar, en cualquiera de sus formas –pensó. ¡Maldita cosa!

j.yáñez 



miércoles, 20 de enero de 2021

(71) De la vida a la existencia.

 

El amanecer era espléndido, aunque un vientecillo de seda cosquilleaba las hojas tiernas de los árboles moviéndolas cual livianas monedas de un pañuelo de danza. A lo lejos, la cinta plateada del río Pleitos zigzagueaba como una sierpe de abalorios de cristal verdoso. Todas las delegaciones habían vivaqueado al raso en el bosquecillo de laureles, junto a la peña Hiampea. En esas frondas se sabía que holgaban, coquetas e incitantes, las musas protectoras de la poesía y el canto. También espiaban por allí las ninfas y las náyades de las fuentes. Entre el templo de Atenea Pronaia y el manantial de Castalia, los atletas casi dispuestos para la formación exhalaban un halo de impaciencia, congoja y emoción al mismo tiempo. Todos miraban, furtivos e implorantes, hacia las crestas del sagrado Parnaso, que se erigía sobre ellos, soberbio, pero velado entre nubes de lana blanca cardada.

Tras purificarse en las aguas vivificantes de la sagrada fuente, las delegaciones, en perfecta formación ya, iniciaron su aproximación al Sagrado Santuario de Apolo. La tierra palpitaba con sus pasos acompasados como un tambor contundente y gozoso. La fronda exhalaba el frescor de las mil hierbas tiernas.

Entrar en el recinto santo por la puerta de Milcíades le cerró la garganta y le vidrió los ojos. La solemne procesión de las delegaciones, atletas, músicos y helanódicas ascendió con suntuosa lentitud, deteniéndose para honrar cada monumento. La Vía Sacra era un emporio de brillo y de grandeza: el exvoto espartano a Egospótamos, las esculturas de Polímedes de Argos, el tesoro de Sición, el de los Sifnos, el de Tebas; el tesoro de Atenas, el Bouleterión, la Esfinge, la roca de la Pitonisa, la columna de Naxos, la stoa de Atenas; el tesoro de Corinto, el Pritáneo; el Trípode de Platea, el carro de Oro de Rodas, la stoa de Atalo, el Santuario de Neoptolemo, el monumento de Tesalia. Y, por fin, el imponente santuario de Apolo. Imposible sujetar una lágrima.

 

Participar en los Juegos Píticos otorgaba una gloria difícil de cuantificar. Para él, como representante de Atenas, jamás podría caber mayor honor.

Al  pasar la larga comitiva junto al ónfalos, hito donde se consideraba que estaba el ombligo del mundo, cerró los ojos y aspiró el aroma de la gloria. Ahora el calor de la mañana era ya sofocante. El ardiente Helios presidía en lo más alto del cielo. Poco tiempo después su pie descalzo pisaba la faja de mármol que señalaba la línea de salida en el estadio. El gentío rugía de entusiasmo. Notó que un calor asfixiante o un fuego extraño le ahogaba las entrañas. Participar en los Juegos Píticos en el lugar donde Neoptolemo, hijo de Aquiles, había sido asesinado por Orestes, era algo que para un griego lo colmaba de dicha. Sin duda, la corona de laurel lo aguardaba.


La carrera se resolvió en un instante. Exánime y reseco, sin aliento posible, sintió el ahogo feroz de la derrota. El bramido de la muchedumbre le golpeaba el cráneo hasta el aturdimiento.  Desorientado, huyó del lugar e, incierto, corrió ladera abajo. Atrás quedaba para siempre el esplendor de la gloria y sus áureos clamores.

 

Inconsciente se cobijó en la columnata del templo que miraba, ajena e impertérrita, al abismo del valle. Hundido y humillado, buscó a lo lejos, con la vista nublada, el golfo de Corinto. La extenuación debió derribarle y le sumió en el desfallecimiento del desencanto y el sueño. Ya de noche, despertó. No había nadie. El recinto del Santuario estaba profundamente mudo y vacío. Se izó inseguro. Sintió una punzada en la espalda. Paso, instintivamente, su dedo. Y, a la luz de una luna fría de gasa plateada, sintió una serosidad. Llevó su dedo a los labios y gustó el sabor ferruginoso de la sangre. Una pequeña concha de molusco, incrustada en el tambor de la columna en la que había estado apoyado, le había herido levemente la espalda.         

 

Pasó la vida. Una vida vulgar y sin laureles. La vida serena de un buen alfarero en el barrio de Keramikós. Un día, al final de su tiempo, volvió al Santuario de Apolo y buscó el lugar donde había reposado el día de su derrota. Allí estaba. Lo recordó con extraña precisión. Y allí estaba la pequeña concha que le hirió en la espalda; él aún tenía su diminuta marca. Se sentó apaciblemente en el mismo lugar. Volvió a mirar hacia Corinto. Entonces una voz suave le dijo: 

“Aquí estás de nuevo. Nada ha cambiado. Tu vida como humano ha sido la que debía ser; tan solo eso. Nunca se es, ni más ni menos, que lo que nos depara el inmenso misterio. Al fin y al cabo, todos somos, irremediablemente, mortales e infinitos. Vamos deambulando por donde se nos dicta, sin nuestro concurso; adoptando y aceptando diferentes modos de existencia. Yo, ayer, molusco ágil en un mar remoto y proceloso. Hoy, fósil atrapado en el tambor de este sagrado fuste. Mañana, grano de tierra tras un derrumbe futuro pero irrefutable. No te aflijas, la vida acabará, la existencia jamás. La clave está en ser dócil ante ese misterio. Nadie es más que nada. Aquel día creíste perderlo todo. Hoy puedes aprenderlo todo”. 

Miró a la concha. El sol arrancaba de aquel molusco muerto hace miles y miles de años un brillo de nácar redivivo. Acercó el dedo a sus labios y, luego, con la humedad de un beso, la toco con él. Entonces comprendio que el universo entero estaba "vivo" porque palpitaba a través de la existencia eterna. Así era el misterio.

j.yáñez


miércoles, 18 de marzo de 2020

(70) La señora Consola





La señora Consolación había cumplido ochenta y cuatro años. Nació al poco de estallar la guerra. Todos en el pueblo la llamaban Consola. Para las de su quinta era como el nombre de un sencillo pero elegante mueble, no para cualquier casa. Aunque, ahora, a sus nietos les hacía gracia el nombre porque así llamaban ellos  a uno de esos  cacharros con los que se pasaban las horas, decían que jugando, frente a la tele. “Mire usted qué demonio de juego será ese”.

Ella se había casado con Nicanor, a quien todos le decían Canor. Se habían conocido siempre, y ya habían aprendido a leer y a escribir juntos, con las miras de poder cartearse cuando él se fuera de quinto al servicio. Así que, para ellos, todo debía estar predestinado desde siempre.

Se uncieron ante Dios un día apenas clareaba, solos con los padrinos, y  tras de pregonarse como era de ley. Ella con vestido de batista negra con florecitas blancas y él con un traje de pana también negro que conservaban ella con alcanfor en el arcón para ser su mortaja. Así era allí la tradición.

Solo tuvieron un hijo. A la maldita guerra le siguió una posguerra ruda y de miserias. Y aunque otros buscaron las ventajas de la cartilla de familia numerosa, ellos siempre fueron austeros hasta para el fornicio. Y cuando dieron la batida por la zona los del Seminario,  apuntaron a Miguel para ir con los curas. En el Diocesano hizo el muchacho el bachiller, aunque para eso ellos tuvieran que privarse de su ayuda y trabajar como mulos. Luego ya  se salió; no debía ser ese su sino. Y cuando fue a la mili a transmisiones y se licenció, entró en la Telefónica. Menuda diferencia. El orgullo les rebosaba a ambos; el muchacho tenía su espabilo y su valer.

Ya se casó por su cuenta; vamos, que ellos no tuvieron que aportarle la dote. ¿A ver de dónde? Ella no era mala, pero… A los nietos los adoraban, cuestiones de la sangre. Aunque lo que peor llevaba ella era lo de los nombres: Vanesa y Asier. Eso no podía ser bueno. Ni santos había que se los amparase. Diferente hubieran sido Carmen o Juana y Antonio o Pablo. A ella le gustaba cuando se los dejaban por las fiestas de agosto. Aunque menuda tarea, se mudaban dos veces al día y de arriba abajo ¡y venga lavadoras! “Mire usted, yo no sé para qué tanto. No puede ser que estén sucios. Nosotros nos mudábamos cuando llegaba el sábado. ¿Y hato nuevo? ¡Huy! una vez al año, para el día del Cristo. Ahora menudo derroche de ropas, detergentes y agua. Menos mal que mi  Miguel me trajo la lavadora, si no, no podría. Diferente  cuando había que ir a lavar a la fuente y romper el carámbano y tender en la hierba o la troje. Tener a los nietos era muy cansado, pero muy triste cuando se los llevaban. “Dios sabe si volveré a verlos”, pensaba ella para sus adentros sin decirlo.

Cuando ya se habían ido, ella se sentaba en la camilla frente a la ventana y dejaba que se fuera borrando poco a poco la estampa de la calle mientras mezclaba el rezo del rosario y los recuerdos. Canor en eso no la acompañaba “Quita mujer, déjame a mí de monsergas y preces”. Ella lo rezaba entre dientes y, a veces, se amodorraba, porque las letanías y el brasero de cisco le templaban nostalgias. Cuando ya no se distinguía la calle, bajaba la persiana y echaba las cortinas. Entonces se daba cuenta de qué solos estaban Canor y ella. Se querían mucho porque ya no tenían nada más que contarse; solo estar y ya está. ¡Qué jóvenes habían sido! Y cuantos pesares juntos.

Luego ella le pedía: “Canor echa un poco leña y atízame la lumbre” “Porque, mire usted, yo estoy enseñada a la lumbre de suelo. Ahí hago yo mis pucheros, y frío el chorizo y los huevos. Lo de la “vidriocerámica”, que dicen, solo la pongo cuando viene ella porque, si no, se lo dice a Miguel y me echan la bulla y dicen que todo huele a chamusco. Pero, para nosotros dos, yo me apaño así. Me recuerda a mi madre y las llamas me mecen y me embaen”. “Dice Canor que me quiere porque le hago muy ricas las sopitas de ajo y los torreznos. Menuda ocurrencia. Digo yo que por algo más será. No cree usted?”

Consola dice  siempre que ella no es de televisión, que muchas cosas no las entiende y que otras las tiene entendidas de más. La ponen, pero para que haga ruido y así les acompañe. Y cuando dan las doce se van para la cama. Canor ronca mucho antes que ella, pero ella también se duerme pronto. A ver, si no tiene otra cosa que hacer.  
                                                                                                                                               j. yáñez      

sábado, 7 de marzo de 2020

(69) El equipaje para una vida.



Viví mi infancia en Coria (Cáceres)


La tarde era como el flamear de una plancha de cobre incandescente. Un bochorno aplanador encofrado entre las estrechas calles empedradas y de fachadas blancas. Era el sopor amordazado de una perenne y sacrosanta siesta.

Salían en estampida de la escuela. Carrera desenfrenada y a trompicones por las calles. Entrada en casa con portazo anunciante, liberación supersónica de bártulos y reclamo urgente de merienda. Olvidada ya la escuela de la  señora Margarita. De sobre nombre “macho”. No porque la simpar docente exhibiera sugerencias andróginas ¡qué va! Sino porque su descomunal apariencia era siempre la de un oso pardo caminando a dos patas y vestido de luto. Por otra parte, poseía un corazón enorme, una sosegada paciencia, una bondad infinita y un eructo eterno a gazpacho con ajo. Vara de fresno de al menos cuatro metros, la permitía, sin levantarse de su estrado, alcanzar a toda la geografía de la sucinta aula y, por tanto, a todas las cabezas rapadas siempre al cero. Los piojos cohabitaban. Doña Margarita “macho” no es que fuera maestra, pero sí hija de maestro difunto, de quien, sin duda, se daba por sentado, que debía por fuerza haber heredado las sapiencias suficientes e idóneas para desasnar criaturas.

Una rebanada de pan cubierta de dorado aceite o densa nata, y nevada de azúcar, o un zoquete de pan y una onza (así se le decía) de chocolate a la taza de “Gaspar Pérez”. Áspero como tierra endulzada pero con la prometedora esperanza de encontrar en su entraña, envuelta en papel de plata, una moneda de cinco pesetas; un duro de a veinte reales; una fortuna enorme. Cuando eso se daba (porque sucedía a veces), se paraba la tarde de emoción.

Y luego, sin pérdida de tiempo, a jugar al toro. El manillar herrumbroso de una bici vieja, cogido del revés, era la cornamenta. Y  la chiquillería al completo a gritar y a correr y a subirse a las rejas, pues el impostado morlaco daba resoplidos feroces y envites rudos a diestra y siniestra con afanes malévolos. Aquel toro fingido iba y venía, pasaba bajo los pies encaramados envistiendo con furor de arrebato. El desafío erar bajarse de la reja, citarlo desde lejos y, cuando se aproximaba, volver a encaramarse de un salto con pericia de atleta y burlarlo. El alboroto entonces se desbordaba.
Luego a la pídola, al pañuelo. Y así hasta dejar agotada a la tarde. Y ya, entre dos luces, trazar una pícara aventura de escondite. “¿diecinueve y veinte… Ronda ronda, el que no se haya escondido que se esconda!”

La llamada a la cena, iba despejando la calle con un repetido: “¡Jo, ya me llama mi madre!”

Tras la colación se volvía  a salir, pero ya a contar chistes , enjaretar ocurrencias o sucesos de miedo, sentados en un círculo en el suelo. El calor en las lanchas de pizarra seguía casi intacto.

Al requerirlos a dormir, el gesto de desencanto iba de uno a otro, según les tocara la bola.

A él le dejaban arrimar la colchoneta al borde del balcón. Con semejante bochorno conciliar el sueño resultaba imposible. Era el momento de serenarse, perderse  en las estrellas y viajar. La escasa iluminación en la calle, le permitía ascender imaginariamente y diluirse en la bóveda inmensa. Soñar así era el regalo final de un día vivido en  plenitud y dicha. 

Y recuerda: El taller de José el zapatero era un bazar precioso  de las mil  y una noches. El portal de los de Rodrigo un oasis de frescor casi indescriptible. La escalera de la señora Sandalia un ascensor de cristal a lo eterno. El patio de la señora Antonia “la manica” un jardín del Edén. La casa de Aurelia y Mari un remanso de dicha. Estaba el señor Guillermo, el verato, el señor Domingo  y la señora Teresa con su mula cual mitológica acémila. Y  más allá, tras la curva de la calle, la casa tenebrosa del Coyote. Esa era la calle que llamaban del Cuerno, aunque en realidad y en finura figuraba como calle de Gabriel y Galán. Menuda diferencia de nomenclatura.
 
Todo éste era el retablo magnífico y dorado de su infancia; el equipaje verdadero de su vida. Y a él retornaba como a un refugio seguro e infalible. Porque esa luz es siempre su faro, la auténtica verdad de su existencia. 
                                                                                                                                        j.yáñez                                                                                

lunes, 24 de febrero de 2020

(68) Un final anunciado.






(Nací en Cistierna, viví y trabajé en Villablino).


Casi habían pasado cincuenta años. Dejó su coche en un lugar discreto, evitando así invadir el espacio. Aunque espacio era lo que sobraba desde el cierre de la cuenca minera. Nada era como lo recordada, pero sí podía intuirse el soterrado esqueleto de aquel pueblo como una osamenta veraz, recia y persistente, cubierta por un polvo tenaz y una neblina tenue. Las cinco de la tarde sonaron a caldero oxidado. Alzó la vista. La torre se erguía impertérrita; sobria y desdeñosa como dama arrogante que no hiciera concesiones a nadie. Santuario vacío atufando a sacristía vieja. Costaba creer en el bullicio de antaño. Ahora todo era ausencia de rumores, de pálpitos y perros. Tras un rato en sí mismo, y casi con pereza, halló un alojamiento. Cena frugal, sábanas húmedas, y un adentrarse en las hilas del sueño impreciso y a tientas.

Cuando amaneció bajó hasta la estación. Un espectro desnudo y atemporal se irguió ante sus ojos. La mañana era tibia, pero un escalofrío inquietante lo cubrió como un ropón raído. Estructuras curvadas, una pátina de herrumbre;  ferrallas imprecisas, raíles cosidos al suelo por las hierbas, vagonetas embarrancadas ante un mar de mutismo, añoranzas y muerte. La cuenca minera era desolación, negrura y abandono. Vestigios sordos de una guerra perdida en mil trincheras cruentas y terribles. Un poco más allá, el limpio Sil discurría ajeno a todo, ceñido por un corset de laderas luminosas y verdes. La luz era cristal y plata por donde se posaba.

Recordó a su padre fatigado subiendo hasta la bocamina. Se recordó a sí mismo, con el pelo al cero, el  jersey azul  tejido por su madre, y los pantalones cortos con tirantes. Recordó el olor del tazón humeante de café y migado de pan. Y recordó al canario.

Su padre lo llamaba Luisito. Cada mañana él se encargaba de cambiarlo de jaula;  apenas medio palmo por lado. En cuanto le enfrentaba las puertas, el animalito pasaba de una a otra con viveza de acróbata. Luego con el farol, el morral y la jaula, subía a la zaga de su padre hasta la entrada del pozo Santa Ana.  Allí se lo entregaba y esperaba hasta que el montacargas los sumergía a ambos en la noche del pozo. Después bajaba a todo meter para no llegar tarde a la escuela.

Por la tarde, al terminar, subía de nuevo y esperaba a que la desabrida sirena bramara la conclusión del turno. Aguardaba ansioso a ver emerger a su padre y a Luisito del negror de la tierra. Se le desbocaba el corazón en cuanto veía moverse y chirriar la polea que anticipaba el inminente ascenso. El pájaro saltaba gozoso en el minúsculo habitáculo en cuanto avistaba la luz dorada de la tarde o el candil de la noche en invierno. Debía celebrar que seguía con vida.

Cuando la silicosis desvencijó a su padre, y la tos lo confinó, y la fiebre lo ató a la cama, él siguió subiendo cada día a Luisito hasta el Santa Ana. Se lo entregaba a cualquiera de los de la cuadrilla. Todos lo querían como a un salvador.

“Anda, llévales a Luisito para que les avise si se sueltan los gases” –le decía su padre.

Así lo estuvo haciendo durante más de un año, hasta que su padre acometió su propio vuelo. Y lo dejó de hacer, no porque le pesara semejante tarea, sino porque, tras él, Luisito, tal vez convencido de que ya había cumplido su misión, un día también se durmió para siempre. Pero lo hizo por la noche, apaciblemente y en su jaula grande, junto al comedero con cañamones, alpiste y agua fresca. Como quien reposa orgulloso tras la misión cumplida. Ahora era la comarca entera quien había concluido su último trayecto.                                                                                                                            j. yáñez