miércoles, 28 de febrero de 2018

(62) (28.02.2018) El peso de los días y la levedad del silencio.









El peso de los días y la levedad del silencio.

El turista descendió de su autobús entusiasmado. Liberó del protector al objetivo de su cámara y se ajustó la gorra con las iniciales de los Yankees de New York  para guarecerse del sol. Y junto a sus otros bulliciosos compañeros se dispuso, altanero y prepotente, a descubrir los encantos del pueblecito rústico, cual un neo-conquistador egregio e  ilustrado.

Las calles humildes de Ollantaytambo se ofrecieron ante él como suntuosas alfombras empedradas, silenciosas pero palpitantes. El rumor del agua que discurría por las acequias que las flaqueaban se establecía como un auténtico y ancestral compañero, sencillo, límpido y refrescante.

No había mucha gente. Apenas algunas mujeres pequeñas y curtidas por el sol, que ofrecían artesanías de lana de alpaca que estaban tejiendo sin tregua y sin alzar la mirada. Como reclamo o como atuendo habitual, todas ellas iban vestidas con amplias polleras de múltiples colores y sombreros como enormes platos dirigidos al cielo. Tal vez en la seguridad de que de lo alto han de venir todas las provisiones.

Con un fingido punto de admiración, el visitante fue capturando cuanto pudo de insólito o chocante. Le gustaba atrapar todo aquello que, a su regreso, pudiera dejar pasmada a su parroquia. Así, escudriñaba los nidos de pobreza, atraso o sencillez, cuanto más alarmantes mejor para su álbum de rarezas, proclives después a magníficos melindres o aspavientos de amigos y tertulias. Un viaje no era viaje si después no se alardeaba.

El guía, neurasténico, les arreó a todos hasta el inicio de la subida al cerro arqueológico. Una empinada cuesta jalonada de amplias terrazas. Al parecer, no había recorrido turístico que se preciara si no iba acompañado de un sacrificio que hiciera rebufar a los partícipes. Era un estímulo que aportaba caché a los toures en grupo y tropel.

El hombre ascendió atlético y triunfal los ciento cincuenta escalones. Su orgullo trepador le separó de la manada. Resopló pero pudo. Coronó el primero y en solitario, y miró perplejo a su alrededor. Los seis monolitos de cuarenta toneladas cada uno le paralizaron cual gendarmes airados: ¡Alto ahí! Miró al Valle Sagrado de los Incas. Un inmenso silencio lo apabullaba todo. Su mente se paralizó al instante. El espíritu innato al Templo del Sol lo sometió ipso facto. Echó mano de su información académica y recapacitó: la cantera estaba a cuatro kilómetros, en la montaña del otro lado. Tuvieron que bajar las moles, acarrearlas por el valle, vadear el río Patakancha y subirlas hasta la elevación donde se encontraban ahora. ¡Qué locura! ¿Qué podía justificar tamaño despropósito?

Solo un espíritu extraordinario era capaz de tan gigantesca osadía. Sin duda ese era un misterio que obligaba a la paralización inmediata de la estupidez, la prepotencia y las mentes mediocres. El hombre se apartó a un lado, se sentó en una de las piedras de granito rosa que los del lugar denominan “piedras cansadas”. Se abstrajo, se quedó en silencio y reflexionó. Tal vez la única e incomprensible tarea del hombre en este mundo fuera identificar la enorme piedra de su vida, acarrearla con ingente esfuerzo hasta allí donde su espíritu le guíe y le reclame, en pos de un dios ininteligible y propio. Tal vez la única tarea del hombre fuera realizar el rudo esfuerzo de vivir sin preguntarse por qué ni para qué.

El hombre permaneció mudo durante largo rato, con la mirada perdida en el tiempo o, tal vez, encontrada en su infinito. Su silencio se transformó en intuición. Después se puso a hablar consigo mismo. Ahora el viaje había comenzado, sin duda ya, a ser un verdadero "viaje".

J.Y.


"Sísifo", Tizianno (1549) Museo del Prado, Madrid.


(fotos: Pedro Tejedor.  "Ollantaytambo", Perú, oct.2007 )











miércoles, 14 de febrero de 2018

(61) (16.02.2018) Las batallas inútiles.

"La batalla de Anghiari", de Peter Paul Rubens, 1603, Museo del Louve, París (Francia).
(copia de un fresco de Leonardo da Vinci, 1503-06, desaparecido, Palazzo Vecchio, Florencia (Italia).




Nota: Según una leyenda medieval, el bálsamo de Fierabrás (brazo bravo) era una pócima maravillosa. El rey sarraceno Balán y su hijo el gigante Fierabrás, al conquistar Roma, robaron los restos del lenitivo con el que fue embalsamado el cuerpo de Jesús. Dicha mixtura tenía el poder de curar las heridas a quienes la ingerían acompañándola con ochenta padrenuestros, ochenta avemarías, ochenta salves y ochenta credos. Esa capacidad del bálsamo para sanar de forma milagrosa es, pues, la esencia de la leyenda que don Quijote transmite a su escudero en el capítulo XVII. El bálsamo tenía cuatro ingredientes básicos: romero, aceite, sal y vino blanco. En este caso, a Sancho sólo le produjo diarrea, lo que don Quijote justificó por no ser éste un auténtico caballero.



Las batallas inútiles.

 
Se detuvo.

Aflojó su armadura y la dejó en el suelo.

La celada tenía abollones, las grebas estaban torcidas y el filo de la espada desgastado; ya no tenía escudo.

Las coyundas le habían hecho penetrantes heridas sin que lo hubiera advertido. Costurones de vida.

Miró de frente con sus ojos grises entornados, y comprobó que el cura seguía siendo cura, y el barbero, barbero. Y que el bálsamo de Fierabrás no remediaba nada, ni aunque fuera acompañado de los ochenta padrenuestros, las ochenta avemarías, las ochenta salves y los ochenta credos de rigor, con los que garantizaba su efectividad don Alonso Quijano. Los molinos eran, solo eso: molinos de viento y nada más.

Estaba muy cansado de aquel, ya, tan dilatado viaje. Vivir cansaba mucho.
Se sentó costosamente bajo la sombra de su parra. Se acercaba el otoño.
Las uvas estaban ya doradas, y el celaje de la tarde era de betún y de fuego.
Miro sus manos secas y arrugadas; sarmientos viejos, sucias raíces como recién desenterradas.

Entones comprendió que, aunque a veces hay agresiones incuestionables que hay que contestar, la mayoría de sus batallas habían sido inútiles.

Inútiles  las exteriores y lejanas, inútiles las próximas; inútiles las domésticas, e, inútiles también las íntimas y propias. Porque las batallas siempre se pierden, aun las que se ganan. Las batallas contra los enemigos son una mutua carnicería, cuyo resultado no garantiza la mejor opción, pues ésa es siempre secreta y está en manos del fututo; a todo ejército siempre lo ampara su dios. Las batallas contra aquellos a los que quieres, si las pierdes, te dejan un dolor más profundo, pero si las ganas te aportan una tremenda desolación (pensarlo). Y, sin embargo, siempre parece forzosamente necesario estar batallando para poder sobrevivir. Tremenda e incomprensible paradoja.

Caviló un poco más y concluyó que, a demás, lo realmente terrible de los combates no era su crueldad, por mucha que esta fuera, sino su absoluta y radical ineficacia, tantas y tantas veces.
Entró en sí y se quedó inmóvil, callado y paciente como un lago sobre el que atardeciera.
Sólo el silencio resultaba ser la más conmovedora de las músicas; la única música aceptable.

J. Yáñez.

jueves, 1 de febrero de 2018

(60) (01.02.2018) La niña de la caravana.




La niña de la caravana.

La caravana llegó al oasis al anochecer. El cielo borraba ya sus colores dorados, rojizos y naranjas, y cubría la bóveda con una gasa leve salpicada de numerosos puntitos luminosos. Todos se precipitaron hacia la charca. Se descalzaron y descamisaron, y sintieron la amorosa caricia de las aguas. Las mujeres se remangaron, pero se limitaron a mojarse la frente y los brazos. Pronto ellas se pusieron a sus tareas domésticas. Ellos atendieron a los camellos y levantaron la jaima. Y, muy poco después, todos estuvieron apaciblemente tendidos cenando en torno a la hoguera. Era el momento de reponer fuerzas, decir todo lo que el calor sofocante había impedido durante la jornada, contar historias y, con frecuencia, cantar y hacer sonar las palmas y los crótalos.

La niña solía, últimamente, quedarse muy callada. Todos le reprochaban su obstinado silencio, y lo atribuían a la edad. Entrar en el mundo de los mayores requería reflexión y cordura, se decían. Tras tres o cuatro viajes más por el desierto estaría ya preparada para desposarse.

El ambiente era sereno y entrañable. De pronto un rugido furioso despellejó la noche como un fiero arañazo. Un estruendo fugaz que, sin embargo, se alejó con la misma rapidez con la que había llegado. Apenas fue un instante. Todos se sobresaltaron y miraron al cielo. Abdel Jalîl se apresuró a tranquilizar a su gente: “Es un avión que va hacia Kurmira”.

Halima emocionada olvidó su silencio y preguntó a su padre “¿Y lo podremos ver mañana allí?”. Abdel Jalîl sentenció: “De ningún modo. Los aviones van mucho más lejos. Además allí no puede aterrizar, es un pequeño pueblo sin interés alguno”.

La muchacha volvió a reposar tranquila en su silencio. Desde muy pequeñita, cuando iban en la caravana, tapada hasta los ojos para guarecerse del sol y de la arena, solía mirar mucho al cielo. Y cuando distinguía en él un punto plateado, ponía ante sus ojos el índice y con él jugaba a perseguirlo. Imaginaba que era su dedo quien iba dejando aquella estela blanca que enseguida se difuminaba. Pero nunca había visto ella pasar uno tan bajo y haciendo semejante ruido.

El trayecto del día siguiente fue caluroso pero calmo. Calor inmenso y el monótono mecerse sobre el lomo de los camellos.
Llegaron a Kurmira a la puesta del sol. El celaje se había ido tornando un tanto cárdeno y ceniciento, como de vino turbio. Las primeras construcciones eran cual franjas ocres y rojizas que apenas si se distinguían del suelo arenoso.

De inmediato los hombres se sobresaltaron. El riguroso orden de la caravana se rompió incomprensiblemente. Las mujeres del grupo saltaron a tierra y comenzaron a mover sus lenguas profiriendo salgutas, esos agudos gritos árabes desgarradores, a la vez que con sus brazos se golpeaban el pecho y se retorcían en llantos. Los hombres corrieron despavoridos; no se sabía bien si huyendo o buscando a alguien inconcreto. Un olor acre lo invadía todo. Sólo se distinguían pequeñas columnas de humo negro que ascendían como ajenas y desinteresadas. Un silencio sepulcral se había asentado en el pueblo. Parecía que un sudario tétrico y rotundo hubiera cubierto la aldea para siempre.

La muchacha se quedó aterrada y sumida en el más terrible  de los silencios.

J. Yáñez.
 (Nota: Kurmira es un lugar imaginario, pero existen millares de Kurmiras)




(Foto. Pedro Tejedor) Teatro romano Palmira, 2009.



(Foto tomada de Internet. Mismo lugar, 2015. Adolescentes del "El" ajustician a 25 soldados sirios)















lunes, 15 de enero de 2018

(59) (17.01.2018) La última singladura.

(Fotos: Pedro Tejedor) 




 La última singladura

Siempre miraba al frente, seguro y firme.
Los  vientos de todas las latitudes le habían azotado el rostro sin piedad, y  el salitre de todos los océanos le había abrasado la piel hasta tornársela cual bronce.

Con frecuencia el capitán se colocaba a su lado y le ponía la mano sobre el hombro, mientras su pipa humeaba. Le gustaba mirar, junto a él, al horizonte, a veces claro a veces tenebroso,  y sentir la seguridad que su timonel  le ofrecía invariable- mente.
El marinero acumulaba miles de singladuras en su cuerpo y sus recuerdos.

Atracaron en un puerto del mar Tirreno. Bajaron a tierra firme igual que tantas veces.
La taberna era oscura como cueva en la noche. Bebió vino grueso, ácido y negro, y dejó que su mente se fuera sumiendo en un sueño remoto y apacible. Su cabeza se reposó sobre el gastado tablero y sus dos brazos formaron un círculo protector en torno a ella. Soñó toda su vida.

Un ruido impropio lo despertó de repente. Entraba una  luz fría y polvorienta. Había amanecido.

Se levanto veloz y salió precipitado, tal vez a trompicones. Dejó unas monedas asustadas, que rodaron sobre el tablero mugriento y húmedo de vino.

El día era luminoso y el tibio sol hiriente y de cristal. Achicó sus ojos y los protegió con la visera de su mano para escudriñar más lejos. No podía creerlo. Su barco se alejaba.
Forzó su mirada gris y turbia, y divisó sobre el puente una silueta nueva  aferrada al timón; su timón. Junto a ella, la figura firme de su capitán apoyaba su brazo en el hombro del otro. Creyó incluso distinguir el humo voluptuoso de su pipa.

Incrédulo, se dio la vuelta y, renqueando, logró llegar al poyo de piedra  de la entrada de la cantina. Desarbolado, dejó caer su cuerpo. Miró sus brazos llenos de cicatrices. Miró sus pies curtidos por el frío y la humedad de años. Y con sus ojos grises y transparentes miró su vida como un despojo que ya nadie apreciaba. Y, sin embargo -pensó- había que seguir. Se puso en pie y se fue navegando, ahora ya, sobre la tierra firme.

Un grupo bullicioso de chiquillos lo rodeó. Su alegría desbordante les entrelazaba en un juego infinito.

"Marinero ¿nos cuentas una historia?" -preguntaron entre gritos y risas.

"Sí ¿cómo no?" -les dijo él.
Uno, más pequeño y confiado, se cogió de su mano dispuesto   a escuchar. Entonces se dio cuenta de que la vida, al final, sin que él lo supiera, lo había convertido en sabedor de historias; en maestro de sueños.                                               J. Yáñez.