sábado, 30 de abril de 2011

(44) 11.2012 RUTA DE LOS MONASTERIOS: PAKHOR Y LA ESTUPA DE KHUMBUN (11)


EN VIAJE HACIA LA PEQUEÑA CIUDAD DE GYANTSE.

Fotos: Pedro Tejedor.


Cuando uno lleva ya varios días en el Tíbet y ha visitado diversos monasterios, el espíritu comienza a serenarse. La inquieta comezón inquisitiva tan propia del viajero, que compara, aspavienta o analiza, parece recalar en una más justa medida. Y así, aunque sigo avizor pues sé que las sorpresas y la enseñanza pueden estar agazapadas en cualquier sitio, ya me permito a mí mismo disfrutar de un modo diferente de toda la magnificencia que se exhibe ante mí. Poco me importa ya una foto más, poco un nuevo rostro exótico, casi nada una nueva estampa de vida cotidiana. Ahora la percepción parece discurrir por muy distintas rutas. No se trata tanto de ver e indagar sino, sencillamente, de comenzar a sentir y a deleitarse en silencio; de pasar de aprender a aprehender. Creo que estoy convencido -al fin- de que el auténtico tesoro no consiste en amontonar alhajas sino en saber disfrutar de las que se tienen, sabiendo también que éstas -como todo- resultarán efímeras y sólo perdurará su fulgor en nuestro recuerdo selectivo. Con esa disposición pego mi nariz al cristal de nuestro minibús y dejo que ante mí comience a pasar esa película infinita; ese “plano secuencia” en que va a convertirse, para mí, el trayecto de Lhasa a Gyantse.


Tras dejar los últimos enclaves urbanos, parece que nos adentráramos en un mundo irreal donde la soledad propia de la despoblación es la dueña y señora que lo acapara todo. Los inmensos espacios descarnados, a los que respaldan las enormes montañas pulidas por las seculares nieves y los vientos, muestran una atractiva uniformidad de tonos grises, ocres, rojizos y pardeados.


El espectáculo de la grandiosidad es, como siempre, apabullante. He descubierto que lo más colosal suele estar envuelto en el ropaje de la más rotunda  sencillez. Aquí es cielo y tierra, sólo eso.


En cada costurón geológico yacen las morrenas como inocentes residuos de una batalla que hubiera tenido su fragor en días muy remotos y olvidados. Silva el viento, y la luz es nítidamente fría como de un perenne amanecer diáfano. Cualquier arbusto ha sido convertido en un lugar sagrado que el viento y el sol azotan o acarician, según respire el día.


Así, nuestro vehículo va, como hormiga aplicada, escalando metro a metro por la estrecha carretera que serpentea y asciende de manera evidente. Pequeños ríos de montaña reptan con timidez por la alta planicie.


De vez en cuando, en medio de este inmenso escenario vacío de epopeyas se distingue alguna tienda nómada. Son pequeñas, negras,  casi planas y están literalmente pegadas a la tierra, como queriendo enterrarse o integrarse en ella; pasar desapercibidas. A su alrededor distinguimos algunos yaks y algunos utensilios cual trastos olvidados a su suerte. El humo que se escapa de la carpa es lo único que nos hace presentir que hay gente guarecida dentro. Nos han dicho que un tercio de la población de Tíbet es nómada. Trato de imaginarme la vida discurriendo en esa simplicidad grandiosa y superviviendo en medio de este clima áspero y austero con una absoluta economía de medios. 


Una mujer, con la única compañía de su termo de té, está apostada junto a un montón de piedras apiladas. Vende unos pocos objetos votivos. Los montones de piedras, como en tantos sitios, aquí también son algo sacrosanto. Tengo la sensación de que a su alrededor el tiempo únicamente gira y se deleita, pero que no avanza; que no quiere marcharse. Sonríe y su gesto es una mezcla de ternura, paz y resignación. Nada demanda, únicamente nos muestra su serenidad. Pienso.

Tras un buen rato, llegamos al paso de Khampa-La. Nuestro coche se detiene. El espectáculo desde aquí es esplendoroso. Estamos a 4.794 m. Ante nosotros se extiende el lago Yamdrok Tso; “El lago de turquesa”. Su color azul verdoso es exactamente igual al de esa gema de la que toma nombre. Un lecho de turquesas, eso es. También aquí los caballos de oración se amontonan. Los khatas blancos, símbolo del corazón puro de aquel que nos lo ofrece, refulgen de un modo especial, casi níveo.









A la orilla las mujeres acarrean sus enormes  fardos, tras bajar de la barcaza que surca el estero de una a otra orilla. En un silencio casi religioso enfilan un camino apenas roturado, y pronto las vemos perderse entre las peladas laderas. Me pregunto a dónde se dirigen. Un poco más allá, los yaks ramonean en la franja de verdura de las quietas orillas. El lugar tiene una rotunda desnudez que lo viste de belleza infinita.



Proseguimos el viaje. Pasamos por pequeños pueblos; casi construcciones únicas. En todas las casas, sobre las tapias que las rodean o, incluso, adheridos a las paredes, los excrementos de yak, amasados como tortas, se secan para luego servir de combustible en los días más rudos. Algunas viviendas están literalmente tapizadas por su exterior de estos emplastos.
 

Es la hora de la comida. Los campesinos se reúnen en cualquier sitio para su almuerzo al aire libre. Nosotros nos detenemos a hacer el nuestro en un lugar cuyo nombre mejor no recordarlo. Es el más aceptable que, al parecer, existe en muchos kilómetros. No hay agua corriente y, tras intentar lavarnos en un rincón destinado a ello, desistimos. Pollo frito y arroz blanco es nuestra salvación. Tampoco hay mucho más. Una muchacha que habitualmente vive en Praga, a cuyo lado viajé en el vuelo desde Kathmandú a Lhasa, me saluda, feliz de nuestro reencuentro, mientras se toma satisfecha una ensalada con múltiples y exóticas verduras. Casi la envidio.

La tarde va cambiando su luz. El cielo se enceniza y un resplandor velado de tormenta, como un caparazón plomizo, va ocupándolo todo. Nos estamos acercando al paso Karo-La. Ahora estamos a 5.045 m. La nieve hace su aparición. De inmediato estamos junto a un glacial. De nuevo el espectáculo es sorprendente. Los del lugar habitan en tiendas blancas con adornos azules.

 
 





Nos sorprende una mesa de billar a la intemperie. Más adelante confirmaremos que existen en muchos lugares. Son grandes y robustas (tal vez para resistir los extremos rigores). Nos resulta difícil entender por qué están y cuál es el grado de afición de los hombres tibetanos a este juego en tales circunstancias. Comprobamos una vez más que las costumbres de algunos lugares son realmente insólitas.  


Nos encontramos con un autobús que se ha salido de la carretera. Aquí el firme es deficiente y cualquier lluvia provoca que se hunda. Unos cuanto tibetanos, mujeres y niños incluidos, tratan desde hace día y medio de sacarlo de su socavón. Nos dicen que no tienen ni comida ni agua potable. Nuestra guía les entrega parte de las provisiones que llevamos para el viaje; galletas y agua embotellada. Todos -claro está- nos mostramos de acuerdo. Tras una serie de maniobras que yo creo imposibles, atando un cable a nuestro vehículo, después de hora y media de intentos, al fin logramos que se enderece. Aplausos, sonrisas y agradecimientos. El mejor, para nosotros, es la cara de ese niño que nos pide, aliviado ya, que le fotografiemos. 


 Seguimos nuestra marcha. Al fin llegamos a Gyantse. El alojamiento es el que es.


A la mañana siguiente visitamos el monasterio Pakhor. Fue construido en el siglo XV. En él se alza una gran estupa de nueve pisos. Se llama Khumbum.




En el monasterio los monjes están realizando sus rezos comunitarios matinales. Las fotografías hablan por sí solas. Creo que es tiempo ya de callar y simplemente sentir.









La biblioteca es sencillamente fascinante.


Una muralla rojiza circunda todo el complejo, protegiéndolo y preservándolo del exterior.

        (foto tomada de Internet)


 Las casas de los monjes son austeras.





Voy ascendiendo, piso a piso en el Khumbum. La vista del valle de Nyangchu, clave en la ruta entre la India, Sikkim y Bhután, se va expandiendo hacia la grandiosidad. Ahora veo todo el pueblo y descubro en lo alto de una colina la elegante fortaleza Dzong de Gyantse.


Dicen que esta estupa tiene 100.000 figuras. Pedro quiere fotografiarlas todas. Misión imposible. Algunas son de arte menor, pero el conjunto es impresionante. Podría hacerse un millón de fotografías y sentirse uno aún insatisfecho. Esta construcción tiene 77 capillas y 10.000 pinturas murales conservadas perfectamente. Es uno de los lugares más significativos de la escuela Sakya o de “los gorros amarillos”.



 


En las escalinatas del templo de oración principal, mi amiga, la chica de Praga está sentada. De nuevo la saludo, pero ella ya no está para alegrías. Tiene una cara macilenta y claros síntomas de indisposición. Me acuerdo de la ensalada del día anterior. Un momento después su guía se la lleva, tal vez a su hotel para que se reponga. Tal vez, aquella ensalada no era para ser envidiada.


Llegado hasta aquí dejo que sean las imágenes presentadas quienes sigan contándoos mi viaje. Es hora de ir bajando la voz y dejar que sean las imágenes quienes hablen. Seguro que ellas unirán mejor aquel mundo al vuestro.
J.Y.  
(El próximo artículo será el último de esta aventura por tierras de Nepal y Tíbet).

(43) 11.2012 RUTA DE LOS MONASTERIOS: SERA (10).

EL MONASTERIO DE SERA.

(fotos: Pedro Tejedor)


Por la tarde visitamos el monasterio de Sera. Antes de la rotunda puerta de entrada hay un gran aparcamiento. Se trata de una especie de antiguo corralón en el que se van dejando todo tipo de vehículos a motor e, incluso, de tracción animal. Coches destartalados, furgonetas con infinita vida, carromatos adaptados con cuerdas, alambres, cartones y maderas para el transporte de personas, motocicletas, caballerías. Porque cualquier modo de locomoción es bueno para visitar el recinto y honrar a las divinidades.




(Mandala hecho con arena de colores)

 

Apenas se entra, los sempiternos cilindros de oración describen esa línea dorada que los peregrinos siguen haciéndolos girar, uno a uno,  de manera  incansablemente. Al otro lado de la calle, en unos cuantos puestos o tiendas apiñadas, se vende la mantequilla de yak, que los visitantes compran para ir depositando, cucharada a cucharada, en cuantas jofainas lucientes van encontrando en las distintas capillas del recinto. Los bloques amarillos ofrecen a la luz de la tarde su cérea y pura transparencia. Dos mujeres nos muestran las bolsas que acaban de adquirir.

También aquí el aspecto es el de uno de nuestros pequeños pueblos en las horas sosegadas de la siesta. Un lugar desahuciado y vetusto. Una estupa mira al cielo azul desde la eternidad de su espera.






Sera fue construido en 1419 por un discípulo de Je Tsongkhapa. En sus días gloriosos albergó hasta 5.000 monjes. Hoy es universidad para unos 600. El nombre “Sera” significa algo así como “Recinto de rosas”. Yo no vi ninguna de esas flores, pero el lugar evoca ciertamente  fragancias inconcretas, colores imprecisos y, sobre todo, una gran mansedumbre. El sol templado de la tarde dora todo el ambiente y lo unifica bajo una luz filtrada que apacigua.




De nuevo, nos perdemos por sus calles en busca, no sé si de la sorpresa y la curiosidad o, simplemente, de la percepción de un recuelo de paz que se esconde o deposita en cada piedra desgastada del suelo de sus callejas, en cada brizna de hierba que, cual superviviente heroico,  ha nacido y perdura en los rincones más inverosímiles, en cada muestra de vejez adherida a sus puertas de tablones secos y quejumbrosas bisagras, sus ventanas, sus tapias, la silueta de un monje que, llevando su tetera metálica, tuerce a lo lejos y desaparece como un pacifico espectro que se diluyera.



También aquí grandes salones vacíos y recintos misteriosos nos invitan a entrar. Ante su magnificencia, somos incapaces de averiguar qué función tienen o para qué fueron levantados. Nada tiene edad para nosotros; nuestros parámetros de identificación se niegan en este caso a ayudarnos. De ese modo, me siento perdido en un misterioso pero confortable laberinto; un dédalo que no trasmite, en modo alguno, desasosiego ni temor sino amable confianza en lo desconocido. Seguimos visitando todo cuanto se muestra ante nosotros; metiendo la nariz (Pedro su cámara) en todo lo que nos lo permite. Las naves o capillas colectivas parecen añejos salones de corte dejados precipitadamente tras una fastuosa fiesta palaciega. En la penumbra, los cuencos rituales muestran alineadas las lunas de plata de su quietud de agua, los instrumentos musicales dormitan entregados a un sopor sin tiempo, las capas dejadas en posición piramidal sobre las esteras del rezo parecen cordilleras simétricas de montes de paño rojo y tosco, los restos de grano esparcidos por el suelo son cual las migas de un banquete cualquiera recién abandonado. En todos estos ámbitos la soledad es vertical y recóndita.


Salgo nuevamente a la calle. Puesto a imaginar, imagino el conjunto en medio de la noche, desierto de peregrinos, visitantes y gatos, con la iluminación sucinta de las lamparillas de sebo detrás de las ventanas, que hacen que los múltiples ojos de las minúsculas moradas sean apenas luciérnagas titilantes y pobres. Me imagino a cada monje en su morada, recibiendo a la noche que se cierne como un manto que abriga. Me imagino sus calles y tapiales sumidos en un silencio profundo e inmenso que se extiende en el tiempo y que baña la perenne y limpia  luz nocturna. Entonces escucho una voz que me habla de accésit y luchas interiores, de ahínco y “compasión”, de disputa tenaz pero a la vez confiada por llegar al corazón o núcleo de todo este misterio que nos insta y nos reta a ser nosotros mismos. Es aquí, cuando el budismo resuena en mí con su inmenso gong, cuando yo pego mi oído en busca de mi puerto. Me debato como un náufrago desorientado que chapotea en un mar proceloso y ansía la luz minúscula de un faro que le aporte un ápice de guía y esperanza. Pronto el espejismo se disipa -esto dicen que ocurre en todos los desiertos- . Entones limpio mi imaginación y vuelvo a mi presente.


Dos cosas quiero contar de Sera, sólo dos, las demás no se pueden contar, hay que sentirlas como se siente lo que pulsa sin luces o anuncios de neón ni estridencias y viste el ropaje  vulgar de lo sencillo.

De pronto un murmullo de canto me llega desde lejos. No sé si son salmodias o rezos asordinados. Su cadencia es amable e invita a perseguirla. Me dejo llevar por mi oído y dejo que el rumor vaya creciendo mientras lo rastreo por trochas y por calles, como en un juego que alguien me hubiera trazado de una manera amable. Deambulo de acá para allá atendiendo, cual perro perdiguero, la posible brizna de viento por el que supongo que viaja la suave cantinela. Vuelvo un esquinazo, busco en una plazoleta agraz y polvorienta. Miro hacia arriba un poco más allá y los sorprendo.


Mi asombro es pasmoso. Sobre el alerón de un templo, un grupo de fervientes se encuentran alineados. Son como una docena y están dispuestos en filas. Cada uno de ellos lleva en sus manos un bastón vertical en cuya base se encuentra una soleta o tabla horizontal de unos cuarenta centímetros. Todos están cantando al unísono mientras ejecutan una danza ritual acompasada, a la vez que con la elemental herramienta descrita apisonan una y otra vez el pavimento, que no es otra cosa que el techo o la cubierta de uno de los inmuebles santos. Miro hacia los lados y veo a más grupos encaramados en diferentes sitios; estos están sentados pero cantan y trabajan a un tiempo, mientras golpean con una almohadilla la argamasa. Se trata -por lo visto- de un modo de honrar a la divinidad, contribuyendo de tal forma a impermeabilizar y dar consistencia a la cubierta de sus templos. Aquí la danza, la rogativa, el trabajo y la armonía social se unen en un todo. Nunca había visto algo igual. Sabio  ¿verdad? Es Oriente.



Pero sobre todas las sorpresas que el lugar y la tarde me guardan, nada para mí como el debate entre los monjes.

Se trata de un huerto de tamaño mediano con árboles frondosos de gruesos troncos. Unas cuantas escaleras dan entrada a él  a través de una puerta llena de dignidad que hace presagiar algo importante. En el interior el suelo está cubierto de graba. Multitud de monjes están repartidos por el recinto en pequeños grupos o, sencillamente, en parejas. Unos están sentados en el suelo. Alguno, en cada corrillo, permanece de pie. Es difícil describir lo que hacen. Aunque uno lo indague, no es sencillo comprender en qué consiste la esencia de este rito. Explicaré cuanto pueda:



El monje que permanece en pie discute acaloradamente con uno de los que están sentados; los otros les observan con atención, sin perder ni una brizna de su extraña polémica. Parecen gritar y acalorarse; toda una gran algarabía. El que está incorporado, lleva algo como un gran rosario colocado en el antebrazo. Cuando responde a su interlocutor da saltos cual si fuera un acróbata, palmadas estruendosas y hace que el rosario suba sistemáticamente por su brazo hasta su hombro, para luego dejarlo caer de nuevo hasta su codo.




No doy crédito a lo que estoy presenciando. Intento de nuevo averiguar de qué se trata. Inmediatamente llego a la conclusión de que me será imposible. Por eso me dedico a observar con cuanta atención puedo esta porfía sacra y filosófica. Fijo mi vista en los porfiadores que tengo más cerca. En ningún momento me prestan la menor atención. En medio de todo este revuelo de disputas, voces y contorsiones, están concentrados en su ejecutoria. Me siento junto a la tapia, apoyo la espalda y me sumerjo en todo el universo de sugerencias que me concita lo que estoy presenciando. De nuevo no puedo sino dejarme llevar por toda esta atmósfera única y sorprendente.
j. y.




(vídeo tomado de Internet)